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“La vejez activa que estoy viviendo, es el postre de mi vida que estoy saboreando”.
Roberto Jesús Márquez Sevilla.
3 de abril de 1928 – 3 de diciembre de 2024
Doy inicio a este escrito el 3 de diciembre aproximadamente a las 12:00 hrs. Ya pondré al final que día y a qué hora lo terminé. Por lo pronto, no tiene ni dos horas que mi padre partió a otro plano, para que este servidor y amigo de ustedes, ―mis lectores―, intentara comprender lo ocurrido de la única forma que lo sé hacer, y es hablando conmigo mismo al momento de escribir.
Pues bien, no es tarea sencilla relatar 96 años de existencia, y este pequeño escrito no pretende ser una biografía, sino una muy corta crónica de una larga existencia, llena y muy intensa de momentos brillantes, otros muy difíciles, también muchos muy divertidos, y uno que otro que habrían de cambiar el curso de mi vida, resultado de alguna decisión que debió ser muy complicada para él. Por lo pronto, creo que comenzaré por el final de la vida de un personaje, que a diferencia de todos los que regularmente escribo, este tiene la peculiaridad que me dio la vida. Si acaso te preguntas por qué no mencionaré mucho a mi madre, es porque ya existe su crónica realizada por mí hace dos años, llamada “Huérfano”. Entro en materia.
El viernes 29 de noviembre pasado, mi madre cumplió dos años de haber partido, y mi padre tenía poco de haber tomado la decisión de ya no comer ni beber. Estando solo en su recámara de la residencia de un cómodo y lujoso complejo de atención para ancianos, ubicado en el centro de la Ciudad de Victoria en la Columbia Británica, en Canadá, y con atención esmerada 24 horas, él siempre se refirió a esta institución como “una cárcel”. En estos casi cuatro años de estancia, no hubo nada que lo hiciera cambiar de parecer, y creo que yo compartía su frustración, después de una vida tan intensa y activa. Él había girado una instrucción legal de que en caso de riesgo de fallecimiento, no lo molestaran, razón por la cual solo podían darle asistencia para que estuviera cómodo.
El sábado 30, le llamé temprano, y la enfermera que estaba en ese momento acompañándolo, dudaba en comunicármelo, pero quizás el saber que le llamaba de México, fue que aceptó acercarle la bocina. Con la voz notoriamente apagada, pudo contestarme, y creo que apenas llegamos a dos minutos de conversación, pues además le costaba mucho trabajo escuchar lo que yo le decía. Tuve la oportunidad de decirle lo que le dije, lo cual no comparto aquí, pero creo que estuvo feliz de escucharlo, y yo de decirlo.
Este domingo 1°, estuvo mi hermano Flavio con él todo el día, pero ya había dejado de hablar. No pudo articular una sola palabra, y las señales sobre su partida eran inminentes.
Ayer lunes 2 de diciembre todo transcurrió sin novedad.
Hoy 3 de diciembre dio su último aliento a las 9:35 de la mañana, hora de México. El nació un 3 de abril. Mañana 4 de diciembre mi mamá cumpliría 94 años. Creo que este conjunto de fechas no resulta tan casual.
Lo que si debo confesar, es que pasó por mi mente que ayer fuera su último día, como lo fue del conquistador, pero el Dador de vida tomó otra decisión. De todos modos mi padre siempre fue un conquistador en el más amplio sentido de la palabra, y así como un tres de diciembre de 1547 se abría el testamento de Cortés, este mismo día pero del 2024, estoy abriendo el legado de mi padre, en un conjunto interminable de escritos y fotografías ordenados en carpetas por eventos, fechas, y personajes. Ahora les platico...
La vida de mi padre comenzó a brillar de joven, en el hoy extinto callejón de Tarasquillo, (interior 3-B) el cual se ubicaba en dirección norte -sur entre Luis Moya y J. Ma. Marroquín, esquina con Independencia, y salida de emergencia lado norte al cine Alameda. Sobra decir los años de esfuerzo que tuvo que realizar mi abuelo Roberto Tomás para salir adelante con mi abuelita Lucía, y mis tías Emma y Lucía. Mi abuelo tenía un alto cargo en el hotel Reforma, el cual le habría sido otorgado por su honestidad y capacidad a toda prueba. Mi tía Lucha, y años después madrina, ya tenía un puesto en el Banco de Comercio en Paseo de la Reforma y Tíber, por lo que ambos llegaron a la conclusión de hacer un esfuerzo para que mi padre entrara a estudiar la secundaria en la muy prestigiada y famosa escuela “The English School for Boys” en la misma avenida. Ahí conoció a un compañero y amigo por muchos años, llamado Alfonso Polidura.
Sin embargo, una última anécdota en sexto año de su escuela pública “Pablo Moreno”, se dio por una rivalidad con un compañero, para averiguar quién dibujaba mejor, por lo que se organizó un concurso, siendo ganador este amigo con quien conservó una amistad 70 años. Su nombre: Alfonso Ornelas, y su futuro encargo, ser mi padrino. Un tipazo con una personalidad fuera de serie, pero quien ya falleció hace algunos años. Cuando me contestaba por teléfono decía: ¡ahijadazo! ¿Cómo estás? Actualmente continúo la amistad con su hijo Alfonso y su esposa Alicia, una encantadora dama por quien no pasan los años, y con quienes tuve la fortuna de que me acompañaran el pasado mes de julio a una presentación de mi libro más reciente en el Hospital de Jesús.
Cuando a mi padre le llegó el momento de escoger una carrera, y aunque le llamaba la atención la arquitectura, acabó tomando su decisión cimentada en una muy poderosa vocación que quizá no imaginaba como la habría de explotar, y era estudiar publicidad, para lo cual fue recibido en la E.L.A.P. Escuela Libre de Arte y Publicidad, misma institución donde estudió mi suegro Raúl Beltrán, sin que se conocieran de jóvenes, pues además eran de diferentes generaciones. Aquí conoció a otro compañero que fue amigo de por vida, llamado Eugenio Maillefert, quien más adelante al arrancar su primer negocio fue también su socio. Su dedicación y cariño a esta escuela, hizo que muchos años después, en 1977, la viuda del dueño, es decir Margarita Vda. de Bárcenas, lo invitara a quedarse con la escuela sin pedirle ni un centavo. Esto era por instrucción precisa de su esposo, el maestro Ricardo Bárcenas, quien deseaba que a su muerte, la escuela pasara a poder del mejor alumno sin cargo económico alguno. Por diversas razones, y especialmente la intensidad de ocupaciones de mi padre, no cuajó esta propuesta, y la escuela tristemente tuvo que cerrar sus puertas.
En 1949 daba inicio su aventura profesional. No cabe duda que aquellos negocios que comienzan en “el garaje de la casa” están destinados al triunfo, y fue así como mi padre decide arrancar en la casa donde vivía aún de soltero con mis abuelos y mis tías, en la colonia Narvarte, en la calle de Rébsamen 432, con su despacho llamado “Servicios de Arte Comercial” “SAC”. Poco a poco se fue haciendo de grandes cuentas de publicidad como Helene Curtis, Osterizer, Resistol, Stabilit, Duralón, Wilson Art, Distribuidora Eja, Fester, Astor de México, etcétera. Esta última -ASTOR- me parece que es aquella que dibuja de cuerpo entero a mi padre, pues de verdad fue una aventura épica.
Después de una entrevista recomendada por mi futura tía-madrina Lucía con los nuevos almacenes Sears-Roebuck, mi padre concertó una cita, de la cual salió con la cola entre el rabo, pues no confiaron en él por su exceso de juventud. Esto sucede al tiempo que a otro amigo suyo lo había contratado El Palacio de Hierro, lo que mi padre confiesa que le provocó “un poco de envidia”. Sin embargo, a mediados de 1950 (imaginen a mi padre de apenas 22 años) recibiendo una llamada de don Eduardo del Valle, jefe de publicidad del periódico Excélsior, que le urgía verlo, pues lo había recomendado con un francés recién llegado a México, que traía ambiciosos planes para abrir unos almacenes de ropa. Don Víctor Moutal había adquirido el menudeo de los antiguos almacenes de La Francia Marítima, en el edificio que hacía esquina Venustiano Carranza e Isabel La Católica.
No puedo alargar el detalle prodigioso de esta campaña, pues me llevaría varias cuartillas, pero si puedo resumir que contenía lo siguiente: Planas en dicho periódico Excélsior con la foto del edificio diciendo simplemente: “muy pronto…” y sin explicar más. Esta campaña se extendería a El Universal, Novedades, y La Prensa, alcanzando casi todos los estratos sociales. La segunda etapa estaba diseñada en promover a todo lo que se pudo, el nombre de ASTOR de México, con una frase de “20 millones de pesos en mercancías, a mitad de precio”. La inauguración era para el 1° de septiembre. Un jingle era necesario para el desarrollo de la campaña y decía: “Aproveche su dinero, invirtiéndolo mejor, comprando todo en ASTOR, cada peso rinde dos”. Las relaciones que para entonces ya tenía establecidas mi padre eran sorprendentes, pues la música, y la intérprete, fueron resueltas por don Cutberto Navarro de Radio Cadena Nacional “RCN”.
Hago un alto antes de continuar, y me pregunto si en realidad hubiera sido un buen arquitecto. Yo creo que no. Esto que hacía, según yo, era el trabajo de un “conquistador”, pero de un conquistador de mercados, donde no cabía el fracaso, pues el éxito ya había comenzado. Sigo…
Llegó el día de hacer la presentación de todo el plan, y el único lugar para hacerlo era en casa de mis abuelos. Esto parecería destinado al fracaso, de no ser porque todos los jefes de publicidad de los cuatro periódicos se ofrecieron para apoyar a mi padre y abuelos en su casa, para organizar el convivio con bocadillos y bebidas, y de este modo recibir al Sr. Moutal, quien al ser invitado, advirtió que asistiría unos momentos, pues sus ocupaciones le impedían quedarse más tiempo del debido. Al llegar, cuál no sería su sorpresa de ver a toda la prensa, y comenzar a escuchar el pegajoso jingle, mismo que don Víctor comenzó a tararear. La relación se estrechó a tal grado, que este empresario francés le permitió a mi padre mudar sus oficinas al segundo piso del edificio. La frustración de no haber podido trabajar con Sears había quedado olvidada. Días antes de la inauguración, había puesto los cartelones tapando los aparadores, pero dejando un pequeño orificio para que la gente al transitar se detuviera para agacharse, e intentar ver que sucedía dentro de cada aparador. Mi padre y don Víctor observaban fascinados del otro lado de la calle el espectáculo.
Un día antes de la inauguración, contrató una avioneta para arrojar varios miles de pequeños paracaídas que llevaban un vale para ser canjeados por mercancía con valor desde 50 centavos hasta 50 pesos. Se ordenaron 25,000 globos de gas impresos para entregarlos a cada visitante que entraba a la tienda. Cinco globos gigantes de gas, con una letra cada uno formando la palabra ASTOR se colocaron sobre la marquesina. A través de una estrategia con un amigo de la policía se colocaron 100 cartelitos a lo largo del camellón de Reforma. A la semana, el presidente Miguel Alemán ordenó retirarlos, pero ya era muy tarde. El éxito publicitario había sido arrollador. No le sigo con muchos otros temas, pero esta relación duró hasta 1952, cuando el Sr. Moutal vendió la tienda, y mi padre fue generosamente liquidado con todos los pendientes que estaban en curso.
Ese mismo año mi padre transitaba en su auto con un amigo por la avenida Insurgentes, y cuando voltearon por algo que los había distraído, ya habían chocado. Al bajarse para averiguar contra quien había sido el golpe, se percataron que dos hermosas damas conducían el otro vehículo. Los galantes y refinados caballeros se presentaron como es debido, y aquí comenzaba una historia, pues la primera dama era francesa, y la segunda suiza. En ese momento mi padre “le echó el ojo” a la suiza, pero mis intrigados lectores ya se estarán preguntando cómo y cuándo fue el enroque. En realidad el susodicho enroque fue disparejo, porque la dama suiza tuvo que regresar a Suiza, y su amigo tuvo que resolver por su cuenta su soltería temporal, porque la dama francesa resultó en poco tiempo ser mi madre. La pregunta obligada es si este amigo siguió siendo su amigo, y sí, pero no tantos años como los otros. No me pregunten más. Solamente inserto una fecha clave que fue el 8 de mayo de 1953, cuando se unieron en matrimonio mis padres Roberto y Gisele. A mi padre y a mi madre me los presentaron el 9 de julio del año siguiente, es decir en 1954, en el otrora hospital inglés, hoy Hotel Camino Real de Mariano Escobedo.
Para 1957 mi familia ya se componía de 4 miembros, pues mi hermano Alejandro había nacido en marzo, y al año siguiente, le celebraban su cumpleaños con una casita “de a debis” que nos había construido mi padre en tabique, madera, y concreto real, en el jardín de una casa que estaba en la esquina de Miguel Ángel de Quevedo y Arenal, donde convivían casa, oficina, y taller de serigrafía. Creo que fue su inicio como arquitecto empírico. Ese mismo año fue el sismo que derribó al Ángel de la Independencia de la columna, y no podía faltar la foto del momento. Cabe aclarar que la mayoría de las fotos donde no sale mi padre, es porque está apretando el gatillo de una cámara alemana Voigtländer, con algún rollo de 24 o 36 diapositivas que habrían de revelarse en México o Estados Unidos.
El negocio de mi padre crecía bien, y para 1958 ya se había hecho de un “terrenito” de 2,500 m2 en el mismo Coyoacán que habría seducido al conquistador 430 años antes. Mientras escribo esto, siento la necesidad de hacer otra crónica de mi abuelo Roberto Tomás, pero creo que lo dejaré para otra ocasión en virtud de tiempo y espacio, y solo diré que mi padre no daba un paso sin el Vo.Bo. de mi abuelo, quien con su experiencia, pragmatismo, y cautela, le guiaba los pasos a su hijo. Un buen día de 1965 se reunieron en un Sanborns y “echaron rayas” en una servilleta. Estaba naciendo en ese pedazo de papel, el futuro edificio de “Publi-Noticias”, en la calle de Montserrat, de la colonia Los Reyes, en esta misma villa de Coyoacán, donde Cortés hubiera deseado que reposaran sus restos.
Fue en esta etapa de su vida, donde mi padre se tomó muy en serio algo que habría iniciado experimentalmente con su cliente de las licuadoras Osterizer, quien además distribuía Televisores, y era el intercambio. Efectivamente el prehistórico trueque, permuta, cambalache o como quieras decirle, fue la fórmula mágica que acompañó a mi padre muchos años para realizar casi todo lo que se proponía, teniendo como plataforma su primera revista llamada “Carpi-Noticias”, la cual se enfocaba en la industria de la madera, y él no tardó en “conquistar” plenamente este mercado.
Ya es 4 de diciembre de 2024, efeméride del natalicio de mi madre, y continúo con esta retadora crónica para resumir 96 años de la vida de mi padre.
En la década de los sesenta, vivíamos en un departamento en la colonia del Valle, en Heriberto Frías y San Lorenzo, lugar donde nacieron mis tres hermanos Octavio, Adrián y Flavio, ―miembros de la segunda “camada” ―, en 1965, 1966 y 1970, respectivamente. De este depa me iba caminando al Instituto México Secundaria en Av. Popocatépetl, y después al CUM en Nicolás San Juan, mientras mi padre estudiaba en el IPADE, cultivando relaciones de primer nivel. Fue en esa institución donde le llegó la idea más original de su vida profesional, resultado de analizar alternativas de como optimizar sus tiempos de traslado en la ciudad. Fue así como se le ocurrió adaptar una camioneta “Van” como oficina de super lujo, que le sirviera para recibir a secretarios de Estado, clientes, etcétera, y poder estacionarse frente a Palacio Nacional o frente al otrora Departamento del D.F. en pleno zócalo, bajando la visera para que se viera una placa de latón grabada con la palabra “PRENSA”, relacionando los permisos y fechas de autorización de la misma. Este vehículo fue conocido durante años como la “Publi-Móvil”. Parecía un vehículo blindado, pero no lo era. ¡Lo importante es que pareciera!
Por estos años, paralelamente mi abuelo materno Alberto, tenía una casa en Cuernavaca, en la cual le construyó un segundo piso, resultando ser nuestra segunda casa, y donde debo reconocer que pasamos varios años una infancia sensacional, todos los fines de semana. Cerca de esa casa tuve mis dos primeros amores platónicos. María de los Ángeles y Michelle, la primera aprobada razonablemente por mis padres, y la segunda algo inducida por ellos al ser hija de amigos cercanos. Al ser amores platónicos, nada prosperó, y aquí termina la historia. Mi padre construyó una cancha de Badminton, la cual era muy peleada, y teníamos una mesa de ping pong la cual se convirtió en una obsesión para mí.
Era un 3 de abril de 1968, cuando mi padre se dio el lujo de soplar las velas de su pastel de 40 años, al tiempo que abría por primera vez las puertas de su nuevo edificio, construido con un 90% de intercambios. En otras palabras tuvo que desembolsar solamente el 10% en efectivo. ¿Existe envidia de la buena? Si es el caso, aquí aplica.
La siguiente mudanza ocurrió al inicio de los setenta, cuando yo entraba a la facultad de Arquitectura de la Universidad Iberoamericana, aún funcionando en la Colonia Campestre Churubusco. Recuerdo muy bien que el primer día de clases, me acompañó mi padre hasta la puerta del plantel, saliendo muy temprano desde la nueva casa ya comprada y no alquilada, ubicada relativamente cerca del edificio, en la esquina de Colorines y Clavel, en la misma colonia donde uno no podía dormir de tantos cuetes durante el 5 y 6 de enero de todos los años. No me equivoco en afirmar que esta casa fue de buena y mala suerte, y sería el inicio de un cambio drástico en el curso en mi vida… y la de mis padres también.
Estando en el primer año de la carrera, compartía una pequeña recámara con mi hermano Alejandro, donde cabían las dos camas, porque una se guardaba con ruedas debajo de la otra. Yo tenía un restirador frente a la ventana de la recámara, y no recuerdo, pero seguramente mi hermano tenía que hacer sus tareas en el comedor. Un buen día hice un croquis de la casa, y pude constatar que tenía 110 m2 de terreno y 144 de construcción, con 4 recámaras, dos baños y medio, sala, comedor, cocina, cuarto de servicio y su baño. Ahí vivíamos mis padres, los cinco hermanos, y poco tiempo después, mi abuelita recién enviudada, además de una trabajadora doméstica de planta, una cocinera y una institutriz. Estas dos últimas de entrada por salida. En resumen 11 personas, equivalente a un habitante por cada 13 m2, incluidas circulaciones y garaje cubierto. El hacinamiento es pésimo consejero. Mi hermano practicaba a todo volumen el piano, mientras yo trataba de concentrarme en mi restirador, asunto que trajo consigo severas fricciones familiares, y tema que jamás se resolvió por vía alguna de negociación.
Un buen día, mis padres me mandan llamar a la sala para “platicar”. Estratégicamente sentado en una silla (banquillo de los acusados) y ellos en el sofá, a raja tabla me aplicaron lo que Madero a Porfirio Díaz, es decir, me avisaban que mi exilio era inminente, además que ni siquiera me hicieron firmar mi renuncia o desahucio voluntario, pues ya me les había adelantado a decirles que su acción era inconstitucional. ¿Tendrían miedo a que los demandara? Yo, un chavo mocoso de apenas 19 años, los hice reír en un momento crucial de su vida y la mía, pero la decisión estaba tomada, y cuando volví a pestañear, ya vivía en un departamento de una viejita, amiga de mi mamá, entre la colonia Roma y Condesa, donde la renta la pagaban ellos, y todavía me apoyaban con las colegiaturas y viáticos. Con todo, les dejé de hablar por varios meses, mientras la densidad habitacional de su casa (ya no era la mía) subía de 13 m2 a 14 m2 por habitante. Lo bueno de todo esto fue que a diferencia de don Porfirio, mi exilio quedó en un simple desahucio en territorio nacional.
Recuerdo que desde la prepa, y aún al principio de la Universidad, me iba en camión o caminando respectivamente al edificio de oficinas de mi padre, durante algunas tardes de entre semana. Tenía reservado un restirador entre los dibujantes, quien uno de ellos lo recuerdo como una especie de “padrino” de nombre Rodolfo, quien me enseñó muchos temas de las artes gráficas, desde cortar y pegar textos en los cartones, dibujar con tinta china, montar textos con los tipos (moldes) de plomo en la imprenta, etcétera. Las voces, olores, texturas, y colores que envolvían a este edificio, confieso que los recuerdo muy bien, pero hoy los tengo algo hipersensibles. Este inmueble fue un epicentro familiar, profesional y social, donde don Roberto Jesús, mi padre, y don Roberto Tomás, mi abuelo, eran el eje de rotación.
Aquí entran en escena mis primos hermanos, quienes recuerdan a su “Tío Beto” con mucho cariño, pues mi padre no perdía oportunidad de inventar algo en sus cumpleaños, navidad, reyes, o lo que fuera. El rincón preferido de este edificio era el asador, donde mi padre se encargaba personalmente de sazonar las carnes para irlas repartiendo entre los comensales, ya fueran familia, amigos o clientes. Esto lo hacía con el gorro de chef colocado celosamente en su cabeza, pero se los prestaba a quien deseara tomarse la foto presumiendo el oficio. Otro rincón de suma importancia era el pequeño pero inolvidable auditorio que tenía 48 butacas, donde todos quisieron lucirse alguna vez cantando, recitando, dando una conferencia, o en el peor de los casos, estar callados viendo alguna película rentada de carrete de 16 mm, en un proyector marca Bell and Howell, adquirido también por intercambio en la casa Calpini de las calles de Madero. Yo era uno de los cácaros favoritos, con probada experiencia para embobinar y dar inicio a la película, y hasta para reparar una eventual rotura. Fuera de la sala de proyección, había un área abierta para carga y descarga, la cual se usaba en las tardes al salir del trabajo, colocando una mesa de ping pong. Debo decir que llegué a jugar contra todos los empleados muy competitivamente, (se dice modestia aparte) al grado que alguna vez le gané a un amigo en su casa, quien era subcampeón nacional. Todo esto era filosofía empresarial de mi padre, quien seguía mucho el modelo regiomontano de integrar al empleado como familia de la empresa, razón por la cual lo siguieron incondicionalmente muchísimos años.
Parece que no quisiera avanzar en esta crónica, pero en la vida real, fue este lugar donde materialmente se detuvo el tiempo. Ayer, cuando mis primos se enteraron del fallecimiento de su “Tío Beto”, les pedí el favor de que me comentaran si les venía a la mente algún recuerdo. Hijos de mi tía Emma, de apellido Moreno por mi tío Manuel, como mi prima mayor, María Emma, me comentó que una vez mi papá le prestó el teatro para un evento con las Guías de México, para festejarle a su amiga Socorro, afirmando que llevé a cantar un grupo que yo dirigía. Ya no me acordaba. Mi prima Paty, Conchita, Carlos y Fernando Moreno, así como mi prima Martha Carballo, hija de mi tía y madrina Lucha y mi Tío Mario, coincidieron sin ponerse de acuerdo, como yo también, algo que definitivamente nos unió mucho como familia, y fue que, nuevamente gracias a los intercambios, una navidad nos fue entregado un juguete que era algo más que eso. Era la máxima diversión imaginable, pues tener el famosísimo automóvil con simples cuatro pequeñas ruedas, un volante real y un freno de mano, unidad conocida como “Avalancha”, era “una nave” que nos colocaba en otro nivel. Este edificio tenía dos entradas, y la secundaria era una bajada, la cual era utilizada para lanzarse literalmente como “avalancha” arriesgando el pellejo, el cual, en más de una ocasión quedó embarrado en el adoquín, con la prueba de una rodilla o codo “despellejado”. Hubo varios domingos que quisimos escalar los riesgos y emociones, por lo que nos citábamos en la bajada del estadio de Ciudad Universitaria, para pasar a toda velocidad por el túnel que cruzaba por debajo de la avenida de Los Insurgentes. En más de una ocasión nos derrapábamos, resultado de alguna llanta que se había zafado del rin.
Estos avalanchas fue algo muy “padre” que se le ocurrió a mi “padre”.
Y pasando a realidades, fue mi papá quien me enseñó a manejar en un Ford 200, contando con permiso provisional de manejo, y al poco tiempo, con licencia definitiva a los 18 años. Fue mi padre quien me acompañó en 1974 a sacar de agencia un vocho nuevo, pagado en abonos y siendo el fiador de la causa. En 1976 su empresa hizo un contrato de arrendamiento financiero para sacar dos Mustang del año, uno para mi hermano y otro para mí. El pago mensual lo pagábamos nosotros, y la opción final de compra también. Me platica mi primo Luis Moreno que otro Mustang que pidió mi padre para “calarlo” en carretera donde él estaba invitado a ese viaje de prueba, resultó que se lo dejaron, pero las llaves nunca aparecieron. ¡Ambos quedaron como novias de pueblo!
Para estas fechas, en un terreno en Bosques de Las Lomas, adquirido nuevamente por intercambio, mi padre ya había construido una casa tipo neoclásico (estilo que fue motivo de álgidas discusiones con él) pero finalmente era su gusto, y su casa. El constructor fue Humberto Bonilla, compañero mío de la universidad, quien ya se dedicaba al oficio de forma empírica antes de entrar a la facultad, además de tener 13 años más de edad respecto del promedio de la generación.
Desde el primer semestre en la universidad, yo había encontrado un oficio muy original, resultado de mi innata habilidad manual, y fue la construcción de maquetas y modelos industriales. Comencé esta actividad haciendo trabajos para compañeros que me pagaban razonablemente lo que les pedía, con tal de no perder tiempo en estar cortando y pegando cartones. Para dar el salto profesional, fue mi padre quien a solicitud mía, puso un pequeño anuncio en su revista “Constru-Noticias”, con el cual no tardó en llamar la primera constructora, a quien le hice una maqueta de un centro comercial en Insurgentes y Barranca del muerto. Este detalle fue el detonante de mi primera profesión que duró quince años a partir de 1973, y terminé habiendo realizado más de 1,500 maquetas. Dos de estas, fueron de la casa de Bosques de las Lomas. La primera de dos niveles, y la segunda de uno, pues se tuvo que reducir el proyecto gracias a la brutal devaluación provocada por López Portillo. Sin duda, estuvo “padre” que me haya puesto ese primer anuncio.
Entrar al edificio de “Publi-Noticias” era toda una experiencia de conectarse con la vanguardia en tecnología del momento. Su receta secreta siempre fueron sus “directorios especializados”, troquelando con una máquina cada nombre y dirección en plaquitas de metal guardadas en cajas de madera, y que se colocaban en otra máquina impresora para rotular los sobres que llevarían las campañas de “publicidad directa” y las revistas. Esto, mientras las máquinas “composer” de IBM escribían solas lo que previamente se había grabado en la memoria de unos mini cassettes para sacar hojas y hojas ya formateadas al tamaño, y que habrían de servir para los textos de revistas y campañas. Creo que estoy escuchando el ruido de todo lo relatado. Este fue el momento en que mi padre ya no tenía rival en el mercado, y los clientes más renombrados de México comían los miércoles con mi progenitor, alrededor de su asador.
En 1979 conocí a Emma, en la estudiantina del colegio Martinak, y por ahora no se trata de mi biografía. Baste decir que en 1982 nos casamos por lo civil en la casa de mis padres en Bosques de las Lomas. Si bien jamás pernocté una sola noche en esa casa, bien que ahí me casé. ¡Vueltas que da la vida! Por esas fechas celebramos los cinco hermanos, nuestros primeros cien años, resultado de un cálculo muy ocioso que hizo mi tío Jacques, hermano de mi mamá. Para estas fechas sin lograr precisar año, mi abuelo Roberto había fallecido hace nueve años, y el edificio de “Publi” ya se había vendido “forzadamente”. Los problemas financieros aparecieron y comenzaron a crecer. La empresa se mudó a la colonia Roma en las calles de Colima y Veracruz, hasta que mis padres decidieron emigrar a Canadá en 1984 con mis tres hermanos chicos, y delegar totalmente la conducción de la empresa a mi hermano Alejandro.
Poco antes, en 1983, yo había desarrollado un plan para detonar el área de suscripciones de todas las revistas de la empresa, la cual no existía, y comenzó a funcionar maravillosamente, hasta que mi vendedor estrella se desapareció un buen día, habiéndole robado el coche a una vendedora, y tuve que atraparlo a los pocos días en el puerto de Veracruz, con un portafolio lleno de dinero y cheques a su nombre. Fue a dar al bote y no me tembló el pulso. No obstante, esta situación y otras más, complicaron el ánimo de mi papá, y renuncié a esta división de la empresa. Esto no estuvo “padre”.
En 1988 viajé a Canadá para evaluar la posibilidad de mudarnos a ese país, una vez que mis padres y tres hermanos chicos llevaban un par de años instalados. No pasó a mayores hasta que en 1994 tomamos la decisión. Llenamos un contenedor de 12 metros de largo, y hundí mis naves en México. Compramos una casa en la misma calle donde mis papás tenían la suya, habiendo comenzado Emma y yo una aventura de alto riesgo. Logré construir dos casas, las terminé, una se vendió y la otra no porque se la quedó el banco. Igual de rápido como nos fuimos, nos regresamos en el año 2000 con todas las complicaciones financieras imaginables, y ante los ojos y preocupación más de mi padre, que de mi madre, pues mi papá y yo hablábamos el mismo idioma de empresario a empresario. Mi “hermanito” Flavio, el más chiquito (hoy de 54 años), me acaba de confirmar lo mismo, quien seguido se reunía a platicar por horas con nuestro padre allá en Canadá, con el auxilio de un café y un muffin. Siempre le transmitió la imperiosa convicción de ser empresario, y olvidarse de pasar por un cheque de empleado cada semana a la caja de la empresa. Creo que sucedió lo mismo que le pasaba a mi padre con mi abuelo. Desde luego no estuvo “padre” el fracaso que tuve, pero sí estuvo muy “padre” el apoyo que me brindó en los momentos más difíciles que he pasado en mi vida, pues veinticinco años de trabajo se habían ido a la coladera. Nunca jamás lo olvidaré. Solamente él nos acompañó a Emma y a mí al aeropuerto para nuestro regreso a México. Esta vez el equipaje fueron ocho maletas y ya. Sin embargo, algo que me dio antes de salir a México, fue un anillo que perteneció a mi abuelo, y que él utilizó desde su fallecimiento en 1973, con la inscripción “Roberto”. Creo que ya deberé pensar en usarlo, al fin y al cabo soy Claudio Roberto. Para cerrar este tema, fue mi padre quien le entregó la casa al banco. Fin del párrafo y de esta parte de la historia. No se aceptan preguntas sobre este capítulo.
No me extenderé a tantos proyectos que hizo mi padre en Canadá, limitándome solo a decir que su tiempo había pasado. Creo sin lugar a duda que en esta etapa, vivió con una fuerte dosis de nostalgia, la cual jamás pudo superar. Mientras mi mamá vivía como pez en el agua por sus raíces europeas, mi papá no acababa de encajar. Su cuerpo vivía en Canadá, pero su espíritu nunca logró salir de México. El Alzheimer comenzó su aparición hace pocos años de forma moderada, pero había llegado para quedarse. Un golpe que mandó a la lona a mi papá, fue sin duda la partida de mi mamá hace dos años. Siempre tuvo colgado en su pared un marquito con la hoja de calendario del día de su boda. Lo increíble es que sin ser deportista, gozó de muy razonable salud hasta su último aliento, con la excepción del tal “Heimer”.
En 2008 mis padres tomaron una decisión genial, y fue la de invitar a mi hija Ana Paula a Francia. Era importante que hiciera conexión con su pasado, por lo que además de una visita normal a París como turista promedio, fueron a un pequeño castillo en Avignon al sur de Francia, llamado Saint Phillipe. Durante la guerra, aquí se refugiaron mis abuelos con mi futura madre y tío. Tuvieron que enfrentar una batalla de doce horas defendida por la resistencia francesa, tema que tengo pendiente para futura crónica. Alguna bala pasó cerca de mi mamá, y es la razón por la que estoy pudiendo escribir esto. A fines de 2022, mi madre pudo enterarse de que su bisnieto venía en camino, y mi padre tuvo la fortuna de conocer y cargar a su bisnieto Teo, en una muy oportuna visita que decidió hacer mi hija Ana Paula con mi yerno Enrique el año pasado.
Para ir concluyendo, hace una década ocurrió un fenómeno que acabaría por explotar dentro de mi persona. Esto fue resultado de una sencilla reflexión de mi padre cuando le envié mis primeros ensayos que yo les comenzaba a llamar “ENTREVISTAS EN EL TIEMPO”, en donde me encontraba cara a cara con diversos personajes de nuestra historia. Tanto le gustaron, que inclusive imprimió unos cuantos ejemplares de cada entrevista, para repartirlos entre sus amistades como fascículos encuadernados y cuidadosamente cosidos con estambre en el lomo. Llegó el momento que me cuestionó: ¿por qué no escribes un libro? Querido lector. Si me conoces, ya te imaginarás que tanto influyeron esas seis palabras salidas de la boca de mi padre. Creo que sin proponérselo mucho, pero sabiendo perfectamente lo que decía, mi papá me reeducó, me cambió la visión, y me ayudó a definir mi propósito de vida, en menos de lo que tardó la llamada telefónica. Ahora le llegó su turno, pues hoy se convirtió en “EL PERSONAJE” que por sus seis palabras, hizo que mi pluma le diera vida a mis personajes. De no haberlo sugerido, seguramente no existiría uno solo de mis ocho libros. Además, libro que terminaba se lo enviaba por mensajería para que le llegara rápido, y de la misma forma era el primero en terminar de leerlos. ¡Gracias, padre, tu sugerencia estuvo muy padre!
Si algo ya extraño ahora, es escuchar su voz cuando le llamaba, y al contestar decía con mucho entusiasmo: ¡Hoola m’ijo!
Creo que no diré la clásica frase: “descanse en paz”, pues ahora más que nunca, creo que mi padre y yo tendremos que platicar todo lo que nos haya faltado, al menos en los últimos 25 años.
Termino afirmando que, no recuerdo alguien que lo haya conocido, y que a la vez yo lo conozca, que no se siga expresando de él con los mejores adjetivos de nuestro diccionario. Si bien yo podría colocar el botón de sinónimos de este procesador de palabras que estoy usando, para buscar una buena colección de adjetivos calificativos, a propósito no lo haré para quedarme solamente con un adjetivo, y que es a la vez un sustantivo:
¡QUÉ PADRE PADRE!
P.D.1: Mi hermano Flavio encontró en el librero de mi papá el pasado domingo, un papelito escrito de su puño y letra que dice:
“La vejez activa que estoy viviendo, es el postre de mi vida que estoy saboreando”.
P.D.2: ¡Híjole! ¡Qué reflexión más fuerte y decidida! A ver si le aprendo algo a mis 70 años, siendo esta la prueba palpable de que mi padre ya ha comenzado su nueva misión.
P.D. 3: Pensé que ya había terminado de escribir hoy 5 de diciembre, pero no. Y como creo que no hay regla que me impida agregar posdatas o información faltante, te platico lo siguiente:
Hoy en la mañana continué acomodando cartas, fascículos, fotos, etcétera, y me encontré una carta fechada del 3 de enero de 2008, la cual ya no me acordaba de su existencia, respecto de una visita que hicieron mis papás a la ciudad de México. Resulta que fuimos a tomarnos un café al Sanborns de “los pajaritos”, para platicar de diversos temas, y según el texto de la mencionada carta, resulta que yo le sugerí escribir un libro sobre sus experiencias vividas con diversos empresarios, relatando cómo llegaron a triunfar en sus respectivos trabajos, y afirmaba que eso le abrió un nuevo horizonte, el cual me consta que sin lugar a duda, su pluma inició una etapa que ya no pudo parar. Comparó ese momento como el que alguna vez él vivió con mi abuelo, y también en un Sanborns se sentaron a planear en una servilleta la construcción del edificio de “Publi”. Creo que cuando él me sugirió escribir un libro con mis “entrevistas” -cuando no me acordaba de su carta-, fue un momento en que el destino estaba escribiendo una misma página que pertenecía a dos libros.
CLAUDIO MÁRQUEZ PASSY
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